06 Mar

Lunes

 

“Tintalapiz”, pastel de zanahoria, café, mesa de madera, Orwell, “1984” guardado en mi mochila, móvil, Orwell, Orwell, Orwell…

Azúcar, moreno y blanco; servilletas de papel; ventana a una calle, gran ventana. Gente. Viene y va un mar de gente.

No hay cuentos en el horizonte
No hay cuentos en el
No hay cuentos en
No hay cuentos
No hay
No

Bebo el café solo, sin azúcar. Suena música, y es música de verdad: tal vez por eso me gusta este lugar. Por eso, y por la tarta de zanahoria. Y porque puedo escribir, y porque recuerdo que una vez el tiempo saltó aquí mismo, y yo estaba aquí y en otro lugar, y todo era lo mismo.

Se desmigaja la tarta de zanahoria.

El Lobo Feroz llegó en sueños. Abrió sus fauces y me mostró el interior de su garganta. Metí mi cabeza, con la caperuza roja, dentro de esa gran cavidad. Una espina pinchaba en el paladar del animal una nota para mí. Le saqué la espina, leí la breve carta: “Por favor, despierta tu recuerdo”.

A través del tiempo la abuelita me mandaba mensajes cada vez más sencillos, cada vez más secretos, más escondidos.

Miré al lobo: una lágrima discreta caía desde su ojo derecho -¿o era el izquierdo?
Estaba agradecido. Nos abrazamos. Recuerdo que él tosió emocionado. Nos dimos la mano y caminamos en silencio un buen trecho.

Fuimos al bar del bosque. El Cazador se jubiló hace tiempo y abrió este tugurio donde aún suena música, la palabra es libre, y la poesía sigue viva.

Las primeras gotas de lluvia.
El mar de gente en la calle.
Me vienen los cuentos y aquí puedo escribir, pensar,
hasta existir. Un poco, aunque sea.
No sé porqué algo me invita a salir…
Parece que me espera una librería.

 

 

09 May

Secretos

-En aquel entonces pude haber tomado una decisión que no tomé. Me faltó valentía y me quedé aquí. Tendría que haberme ido, pero no me fui -me dijo, y se quedó en silencio. Después, me preguntó:
-¿Por qué no armas otro porro?
-Abuela esta marihuana está muy fuerte; mejor lo dejamos así.
-¡Qué más da!
-No te voy a armar otro. El que acabamos de fumar me está dando taquicardia: si te llegara a pasar algo no me lo perdonaría nunca; además, mamá me mataría.
-Bueno, si no vas armar ninguno, abre un vino y corta otro trozo de esa tarta tan buena que trajiste. Tengo un hambre canina.

Me levanté, abrí el armario y elegí un buen vino. Aunque soy enóloga nunca dejo de asombrarme ante los caldos que encuentro en esta casa; corté pastel y llevé todo a la mesa. Descorché la botella, serví una copa, se la dí a catar a mi abuelita y esperé su consentimiento. Brindamos y comimos en silencio durante un rato.

-Abuela ¿y a dónde te habrías ido?
-A otro bosque, sin duda, lejos de los cazadores.
-Pero aquí ya vives lejos de ellos.
-No lo suficiente.
-¿Y qué habrías hecho?

Bebió un sorbo y miró a través de la ventana. Caía la tarde. Pensativa, voló lejos. Volvió con una sonrisa y clavó en mí su mirada. Qué ojos tan grandes tiene, pensé. Entonces comenzó carcajearse con dulzura de niña traviesa. Me contagié y nos reimos juntas durante muchos minutos, media hora o una hora entera tal vez. No sé si fueron dos. Al final estábamos cansadas.

-Abuela ¿qué habrías hecho?
-Muchas cosas, te lo aseguro.
-¿Como qué?
-Hay cosas que es mejor que las nietas no sepan.
-Entiendo -dije-. Y recordé lo que la bruja Baba Yaga le dijo a Basilisa la Bella: cuanto más preguntes, antes llegarás a vieja. Así que me guardé las preguntas y seguimos comiendo pastel.
Afuera la noche escondía lobos.

 

09 Mar

Siete estaciones

 

Darren Thompson

ilustración de Darren Thompson

En siete estaciones llegaré a mi destino: la casa de mi abuela.

Subo al metro. Atravieso un vagón bien iluminado, con pocos pasajeros, todos sentados. Me acomodo en un asiento, levanto la vista y me topo con los ojos del que va frente a mí. La mirada fugaz dura lo que un parpadeo. Mejor así: no es bueno detenerse en los ojos de un androide biológico de última generación. Suelen ser atractivos, encantadores. Y cuando te tienen en su poder descubres su naturaleza criminal. Lo mejor es pasar de ellos. No darles entrada.

Me giro, pues siento la presencia de otro androide. Allí está: sentado entre un zombie y un vampiro. Variopinto el metro, eso sí. Al otro lado del pasillo, un búho con gafas pequeñas, se inclina sobre un libro. Se le ha caído una plumita. Una gata preciosa se pinta los labios. El vampiro la mira. El zombie no. Por el rabillo del ojo percibo a un ciervo joven, calmo. Mi corazón se reconforta.

Apoyo mi cabeza en el cristal de la ventanilla, qué ganas de ver a mi abuela. Me vuelve a asaltar la duda que ha marcado mis pasos desde que salí de casa: ¿traigo todo lo que me ha pedido? Nuevo repaso mental de la lista…

1 tinto riojano (le llevo dos,
más un Ribera del Duero de regalo )
Té de rosas
Mi famosa tarta de chocolate
Manzanas ecológicas
Agua de manantial

Sí, está todo. ¡Qué alivio!

Tiro hacia atrás mi caperuza roja, cojo una manzana de mi cestita, le doy un bocado.
En pocos minutos estaré en casa de mi abuelita. Por suerte, ningún lobo a la vista.

 

…..
Nota: este cuento lo publiqué por primera vez en mi blog dinorahoy  y forma parte de mi juego propio con los cuentos antiguos, por eso me parece importante volver a publicarlo aquí. Para mí, Caperucita,su madre, su abuela, el lobo, el cazador, y ese bosque tan poderoso, son todos personajes muy interesantes para trabajarlos y aprender con ellos.

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