Infancia y cuentos

El reino dorado

 

Un cuento maravilloso suele tener un final feliz. Entre su inicio y ese final pasan muchas cosas. Algunas son sangrientas, crueles, terroríficas; pero siempre interviene un elemento mágico que ayuda al héroe a lograr el propósito de su búsqueda.

Este héroe, o heroína, en algún momento del cuento se pone en camino para llevar adelante una misión, una búsqueda, o para salvar su vida. Atraviesa un bosque, llega a un mar; el camino es largo. No es fácil ser héroe: hay que pasar por mil peligros para llegar al final feliz.

Cuando escuchamos uno de estos relatos, nuestro corazón se pone de parte del protagonista. De alguna manera lo encarnamos, queremos que logre su objetivo, vibramos con él.

Cuando un niño pequeño escucha una de estas historias se convierte en el héroe, transita el camino del cuento y aprende: que el bosque es peligroso, que hay seres malvados que tienden trampas y que siempre, siempre, algo luminoso y maravilloso ayuda a aquél que camina la senda con un corazón entregado donde habita la verdad; y también sabe, siempre se sabe, que el héroe triunfará y el mal recibirá su justo castigo.

 

Tuve un sueño con este camino. Uno que me invitaba a salir de la infancia. (Córcega).

 

 

Estos cuentos antiguos, con su poesía y sus imágenes de sublime belleza, hablan directamente al interior del niño con un lenguaje que éste entiende, precisamente, porque un niño pequeño vive en ese mundo maravilloso, donde todo es magia y lo racional aún no pesa. Éste es el estado natural de un niño pequeño.

Los cuentos viejos no son edulcorados; son incómodos para los adultos demasiado racionales; no son políticamente correctos; son sabios; tienen sustancia y hacen que el alma vibre con ellos; nos ponen en contacto con mundos interiores a los que no podemos llegar desde un lenguaje puramente articulado: a estos lugares llegamos a través de imágenes, de símbolos y es en ellos donde se produce un entendimiento profundo de los procesos vitales y la magia capaz de hacernos crecer.

La infancia es un Reino de Oro rodeado por un espeso bosque oscuro. Salir de ella es entrar en él, atravesarlo; tal vez llegar hasta un mar, navegarlo, para finalmente descubrir en la orilla más lejana, un Reino de Oro que nos espera y que conecta directamente con nuestro reino original.

Cuando un niño escucha un cuento antiguo, va aprendiendo cómo es el camino y puede prepararse para él. Y si un adulto se ha perdido, siempre puede volver a encontrar su senda, a través de un cuento.