Reflexiones sobre kinesiología 2

VI

El espíritu del valle nunca muere.
Es la Hembra Misteriosa.
La puerta de la Hembra Misteriosa
es la raíz del Cielo y la Tierra.
Parece permanecer para siempre.
Su eficiencia es inagotable.

Lao Tse (Tao Te Ching)

 

imágenes de Francesc Marieges

Lo femenino, esa cualidad que vive en todos, seamos mujeres u hombres, como un valor esencial, como un tesoro.

Lo femenino, que en los antiguos cuentos puede ser la princesa o la campesina sabia transformada en heroína, o la hembra sapo, que vive bajo tierra, capaz de traer la prosperidad al reino… Escondida en todos nosotros una voz sutil y cristalina nos invita a recibir el infinito. Permitirnos escuchar, y dejarnos guiar por esa suave voz, requiere calmar algo en nuestro interior, abrirnos a nosotros mismos, dejar que la vida nos atraviese y, a la vez, sentir la presencia de la muerte recordándonos la poesía de lo efímero, el valor de cada momento.

Aprender a entrar, y habitar, ese lugar silencioso y misterioso, elusivo y esquivo, vacío y lleno, pequeño y grande, receptivo y bello, es nuestro reto como seres humanos. Aprender a entrar y habitar “el sentimiento”, “el sentir”… ¡qué maravillosa revolución haríamos!

 

Lo femenino en una consulta:

La escucha receptiva, el fluir, ir más allá de lo aprendido, observar, observarme, sentir al otro, sentirme a mí, entrar en el sentimiento, acoger, vivir el misterio del otro y el propio, poner límites, sentir la belleza de la vida y el consejo de la muerte, vivir la kinesiología como una experiencia cada día diferente.

 

imágenes de Francesc Marieges

 

imágenes de Francesc Marieges

Reflexiones sobre kinesiología 1

ilustración de Iván Bilibin
ilustración de Iván Bilibin

La llamada a la aventura

En su libro “El héroe de las mil caras”, Joseph Campbell cuenta que el viaje del héroe comienza con la Llamada a la Aventura, que “representa el inicio de un misterio de transfiguración, un rito o un momento de transformación espiritual, que se completa con una muerte y un nacimiento. Los horizontes conocidos se han ampliado, los antiguos conceptos, ideas y sentimientos ya no nos sirven: ha llegado el momento de traspasar el umbral”.

Decidir seguir la llamada, llegar al umbral y traspasarlo. Un mundo hasta ahora conocido queda atrás. Hacia adelante, más allá de ese umbral, están el camino y el misterio. La aventura llama a nuestra puerta como en los cuentos: el rey necesita el “agua de la vida” para poder vivir y el hijo parte a buscarla; el padre trae la “alondra cantarina” que la hija le ha pedido pero, a cambio, ella deberá ir a vivir con un león, y la hija se pone en marcha. La aventura nos llama y podemos elegir quedarnos en el reino de lo conocido y, seguramente, debilitarnos o, siguiendo el llamado, traspasar el umbral y comenzar a transitar el camino, que sabemos no será fácil y, sin embargo, está lleno de fuerza y sentido. Pelearemos contra monstruos, desfalleceremos, y a pesar de todo, una fuerza encarnada por una anciana sabia, un zorro que habla, un hada, nos ayudará y nos dará el coraje para seguir adelante. ¿A dónde llegaremos? ¿A ser soberanos de nosotros mismos? ¿Al infinito? Quién sabe… Cada cual tiene su propio viaje, su propia meta, su propio encuentro con el alma.

 

ilustración de Iván Bilibin
ilustración de Iván Bilibin

 

La aventura llega cuando uno está disponible para ella.

En mi trabajo como kinesióloga emocional escucho magníficas historias personales. Historias de gente que ha seguido esa llamada y comenzado un camino de búsqueda, tal vez porque algo grande ha pasado en sus vidas (una muerte, una ruptura amorosa, una depresión); o porque ya no pueden sostener una manera de vivir; o porque habiendo llegado al lugar al que querían llegar descubren que se sienten frustrados y carentes de sentido. La búsqueda. La llamada. Aventurarse. Entrar en el bosque interior y recorrerlo. Me siento honrada al acompañar a héroes y heroínas por estos caminos. Escuchar sus historias, ver a la persona que está frente a mí contándome lo que siente, lo que le duele, lo que ama, lo que le da fuerzas para vivir. Escuchar más allá de mí y, a la vez conmigo, la voz del otro, sus gestos, su emoción, su energía. Dejar atrás mis proyecciones, abrirme al misterio del otro. Dejarme guiar por el testaje kinesiológico.

La kinesiología: esa anciana sabia, el zorro que habla, el hada…

 

foto de Dinorah

foto de Dinorah

foto de Dinorah

foto de Dinorah

fotos de Dinorah

Corazón uno

1

 

Corazón herido

abierto

tal vez partido

recogido en un pañuelo

buscando sanar

unirse

ser uno

 

2

 

Curar la herida

con oro

Llenar las grietas

con oro

Corazón de oro

Corazón de oro

 

3

 

Entrar en el lugar lastimado

cantarle a lo que duele

y escuece

permitir la cicatriz

hasta volverla carne suave

dulce

tierna

Y que empiece el latido

que traiga la danza

el éxtasis

del alma que goza

y sabe

 

Reflexiones

Durante esta semana, en mi trabajo como kinesióloga emocional, narré, sugerí, “receté”, los siguientes cuentos tanto para adultos como para niños: “El Pájaro de Oro”, “Basilisa la Bella”, “Blancanieves”, “La cuidadora de gansos”, “Las tres plumas”, “La bruja Yagá” y la leyenda celta de la reina Meave.

El sábado, en una sesión de cuentos, narré tres antiguas historias, entre ellas una antiquísima versión de Caperucita Roja. La sesión estaba dirigida a un público a partir de los once años de edad y en ella, a partir de las narraciones, hablamos de símbolos, de arquetipos, de cómo los cuentos se repiten y cómo aparecen los mismos temas y motivos en distintos y distantes lugares de la Tierra.

A lo largo de la historia occidental los viejos cuentos populares han sido perseguidos muchas, muchas veces, precisamente porque no se dejan domesticar, ni apresar; son salvajes, provienen del inconsciente colectivo y el inconsciente es naturaleza en estado puro. Por eso estos cuentos no se pueden censurar, cercenar, demonizar y prohibir, es imposible hacerlo, siempre emergerán. Aunque nunca los hayamos escuchado, leído, o narrado, mientras seamos seres humanos, en algún momento de nuestra vida nos pasará que, una niña entrará en el bosque con un pan bajo el brazo y una jarra de leche en la mano y se encontrará con un lobo; un príncipe irá en busca de una pluma que su padre, el rey, ha soplado al viento para encontrar un nuevo sucesor del trono; una princesa se pinchará con un uso y caerá dormida; un hermano menor saldrá a buscar al pájaro de oro; una princesa rescatará a un príncipe que ha caído bajo el sueño de un hechizo, y el cuento comenzará a contarse encarnado en nuestra propia vida, nos narrará y nosotros tendremos que narrarlo para contarles a los que vendrán que todo esto forma parte de la vida y del misterio de ser humano en este mundo tan extraño y fascinante.
 

 

Los llamados “Cuentos populares”, “Cuentos de Hadas”, “Cuentos de Maravillas”, son obras literarias. Son arte. Y, por esta razón, entender un cuento antiguo de manera “literal” es reducirlo mucho; lo mismo sucede si sólo nos quedamos con lo metafórico; incluso, si nos dedicamos a interpretarlo sólo desde lo arquetípico y lo simbólico podemos correr el mismo riesgo. Los cuentos antiguos, como obras de arte, nos cuentan lo obvio y lo escondido; nos ponen frente a nosotros mismos como un espejo, y sus “puntos de fuga” nos llevan al infinito, al misterio y después de vuelta a nosotros mismos, o al revés, quién sabe. Es por eso que no somos nosotros quienes contamos el cuento, sino que es el cuento quien nos cuenta a nosotros. Respirar el cuento, dejarnos habitar por sus imágenes nos lleva lejos, a ese reino muy, muy lejano, a ese tiempo sin tiempo, donde algo nos narra como humanos en este mundo.

Caperucita, por ejemplo, es un cuento que en diferentes momentos de mi vida me ha ido contando cosas distintas que yo he ido entendiendo en función del momento vital por el que iba atravesando. Supongo que por esto también los llamamos “Cuentos clásicos”: porque son atemporales y nos transitan en distintos momentos de nuestra vida enriqueciéndonos con sus enseñanzas.

Volviendo a Caperucita, digo que necesito experienciarla: la escribo, me inspira, la recreo, la cuento y crezco a partir de ella. Me pasa lo mismo con otros cuentos, como Juan de Hierro o Blancanieves. Son recurrentes en mi camino. Son fuente de inspiración, de alegría, de belleza, de conocimiento y, muchas veces, de sanación.

Todos, seamos hombres o mujeres, tenemos una Caperucita dentro y también un lobo, una abuela, un bosque, un cazador (si estamos en la versión de los hermanos Grimm), o unas lavanderas (si estamos en la antigua versión francesa). Porque más allá de que Caperucita pueda estar hablando de ese momento iniciático en el que las niñas nos convertimos en mujeres, más allá de la explicación de los peligros que puede acarrearnos la sexualidad y los “lobos” devora niñas, más allá de todo esto Caperucita narra una historia que sucede en nuestro interior y que tiene que ver con fuerzas naturales que nos viven, con lo masculino y lo femenino dentro de cada uno de nosotros, con nuestro inconsciente, con nuestra sombra, con nuestro eros, y con la cultura que creamos a partir de todo ello. Es un cuento importante, intenso, profundo, sabio y poético como todas estas viejas historias.

 

 

Si escuchamos estos cuentos siendo niños, y si no estamos adoctrinados o demasiado domesticados, nos vamos de viaje con ellos y, de manera intuitiva, entendemos la gran verdad narrada, sin más. El lobo nos asustará más o menos, tendremos necesidad de escapar de él o de ser devorados, haremos muchas preguntas y necesitaremos escuchar el cuento infinidad de veces hasta que algo, muy profundo, parece hacerse cargo de “algo” o se sosiega…y entonces pedimos otro cuento. Y de esta manera, el gran cuento, formado por todos los cuentos, se amplía, se desparrama, nos crece, nos habita fortaleciéndonos.

Y lo mismo nos sucede de mayores, siempre y cuando no estemos muy adoctrinados o demasiado domesticados. El cuento nos contará más cosas, se seguirá desplegando, nos seguirá nutriendo y dando vida.

Aquí cuelgo un vídeo, una auto filmación que forma parte de un proceso creativo mío a partir de Caperucita Roja; un divertimento que me ayuda a enriquecer mi propia experiencia “Caperucita” en este momento de mi vida.

Una Caperucita, ya mayor, vuelve al lugar donde estuvo la casa de su abuelita. Apenas quedan vestigios de la cabaña. En el viejo pozo, clausurado, aún resuena el agua. Esta Caperucita ya no lleva su capa. El rojo de la misma pervive en sus labios pintados y aún conserva la trenza de aquella época. Han pasado muchos años, sin embargo, hay un misterio en el ambiente, la sensación de que el lobo también ha vuelto a la casa devastada y que, escondido, acecha entre los arbustos.

Mientras escribo pienso en este viaje propio y cultural:

La antigua conciencia nutricia ya no está, como la abuelita de Caperucita, aunque sigue viva, escondida en las viejas historias; la fuente puede estar clausurada, aunque todavía tiene agua; Caperucita, a pesar de los años, necesita reencontrarse con la memoria; el lobo, una sombra, que todos creíamos muerto, continúa vivo y acecha escondido en el bosque…

¡Larga vida a los antiguos cuentos y que nos sigan contando por siempre jamás!